jueves, 29 de mayo de 2008

Resumen de la 2da Compilación

En esta compilación, se vuelve sobre la escena añadiendo un poco más de información. En esta época, no estaban definidas claramente en JuRoCE a qué cosas podía responder un jugador. Algunos de ellos respondieron a partes bastante "tempranas" de los hechos narrados en la 1ra Compilación, por lo que la 2da parece "repetir" algunas cosas.

El Heraldo narra como en New Port, el kender Tarasal Almondeyes Pocketfinder terminaba de escribir en su pequeño libro, un relato de sus últimas aventuras, cuando se enteraba de que iba a partir al día siguiente una caravana hacia Solace.

Decidió ir en esa caravana junto a Skimpiut Bratlip, un kender amigo suyo (cuyo cuerpo servía de huésped al alma de un kender fallecido), para visitar el monumento construído en honor a los últimos héroes (se refiere a los héroes fallecidos en la Guerra de Caos, que se narra en la novela "Dragons of Summer Flame" o "El Ocaso de los Dragones"). Esperaba que esta visita animara al alma en pena que habitaba temporalmente el cuerpo de su amigo.

Acomodó sus pertenencias para partir, y fue en compañía de su "habitado" amigo, y su mascota Penny. Tras un breve e incómodo encuentro con el líder de la caravana, se dedicó a examinar al grupo.

Mucho le llamó la atención el anciano que acompañaba a las elfas, quién hizo alguna mención extraña sobre unos engendros en un diálogo muy poco entendible, que duró hasta que entró en cuenta de que hablaba a un kender, tras lo que procedió a auyentarlo.

Durante los primeros días de travesía, Aelensar se sintió muy intrigado por la bella mujer en harapos. Notó que parecía no acostumbrada a los trabajos y sufrimientos de un indigente.

El interés del mercenario no pasó desapercibido por la mujer, quien descubrió en sus pensamientos cierto sentimiento de superioridad respecto al mercenario, que no supo explicarse. Al menos no mientras no recobrara su memoria.

Kieran Carr permaneció ensimismado durante la mayor parte de la travesía, todo lo contrario de Tarasal el kender, quien se mantuvo alegre, conversando incluso con su pequeña mascota. Se autoasignó la tarea de "explorador de vanguardia" y ayudante de cocina.

Cuando los caballeros de takhisis hicieron aparición, Aelensar, quién había sido contratado para salvaguardar los bienes y vidas de los viajeros, puso su mano en el mango de la espada. Sabía que se encontraban cerca de los dominios del dragón verde llamado Beryl, o cariñosamente (!?) "La Muerte Verde", es decir, el bosque de Qualinesti, cuyos habitantes usuales, los Elfos Qualinesti, estaban sometidos al yugo tanto del dragón, como de los caballeros de takhisis.

Súbitamente la voz chillona de Tarasal se elevó por encima de la tensión que hubo ante la pregunta del caballero, explicando que no habían visto a ningunos Elfos Rebeldes, tras lo cuál le dijo al líder de la Garra que él mismo parecía un rebelde.

Aelensar se ocultó discretamente tras una carreta, y se percataba de la presencia de místicos entre los caballeros de takhisis. Su alma se contentaba y preparaba para la batalla. Él y su espada, su espada y él.

Los símbolos que se dejaban ver en los relieves de las armaduras oscuras trajeron a la mujer en harapos imágenes y recuerdos dolorosos. Nada es más doloroso que recordar haber deseado la muerte.

Gregarious Hilltop, por su parte, liberaba el seguro del sable con discresión mientras señalaba a sus compañeros de viaje que se cubrieran y esperaran. Kieran Carr murmuró a Hilltop su idea de que si había que escapar, lo hicieran hacia el bosque.

Hilltop miró con una sonrisa hacia el cielo, y estudió la actitud de los potenciales enemigos, y la de los demás caravaneros. El líder de la caravana estaba consternado. Con decisión se quitó la capa y avanzó hacia el líder de la garra levantando una mano y una sonrisa inocente.

Aelensar lentamente se interpuso poco a poco entre la caravana y los caballeros, contra todo buen juicio, cosa que preocupó un poco a Hilltop.

Kieran veía con preocupación la escena, y lo inundaron pensamientos de redención, mientras pensaba en posibles estrategias que surgían de sus pasadas experiencias militares. Por Ellemir, lucharía sin descanso.

El líder de la caravana hizo un intento por mostrar tranquilidad, inocencia y deseo de colaboración a los caballeros. El intento fue infructuoso, por cuanto el caballero solicitó a los caravaneros no poner resistencia mientras los caballeros se aseguraban de que entre ellos no había algún elfo rebelde.

Ritchgard Blackmore, Caballero del Lirio Negro, se reía al ver las caras de susto de los caravaneros, sin perder aún la simpatía por estos. Eran varios los que debían pagar "el error", y él se encargaría de que así fuese.

Aelensar se preocupó por las elfas, pensando que quizá ellas podrían ser rebeldes, y se decidió a no permitir que se llevaran a nadie, ni siquiera al kender. También se preparaba para la lucha la mujer en harapos, aunque no recordaba haber recibido entrenamiento militar. Estratégicamente era claro que la garra estaba mucho más organizada que los caravaneros.

La sonrisa de Hilltop se transformó en angustia brevemente, pero reapareció mientras daba un paso alante dirigiéndose al líder de la garra saludando con cortesía y extraño entusiasmo. Les recomendó ir hacia el bosque, pues entre ellos no encontraría sino súbditos de La Muerte Verde y ocupados viajeros.

Dijo no pretender retarlos, pero les hizo notar que ellos estaban lejos de casa, y cerca de Solace, por lo que una patrolla de guardía podría aparecer en cualquier momento. Bien podían - dijo- regresar con las manos vacías pero estando ellos completos, o con las manos vacías pero con algunos cadáveres a cuestas. En la Caravana no había rebeldes, y ellos ya habían fallado en su persecución. Sugirió no hacer su desgracia aún mayor, paradójicamente con el mismo respetuoso y jovial talante.

El par de kenders se habían ido hacia la vanguardia de la caravana. La harapienta decidió acercarse a las elfas, con discresión.

El líder de la guardia, cuando Hilltop terminó de hablar, reforzó la orden de registrar a los caravaneros, y se dirigió a Hilltop dejando en claro que la revisión se haría, aunque prometiendo que no habría daños si había cooperación. De lo contrario, lamentarían haber existido. Finalizó ordenando la deposición de las armas, y recomendando a los caravaneros que finalizaran la ilusión y se rindieran. Era evidente que él estaba convencido de que alguna magia ilusoria estaba en uso en ese momento.


* * *

Argento D´Alessandro no parecía el típico leñador, pues portaba un hacha doble que más parecía apta para combate que para árboles, y su cabeza y cuerpo iban protegidos con una armadura de cuero. El hacha, que medía lo mismo que él (es decir, no mucho), siempre era llevada consigo a dondequiera que fuese.

Al partir, Gwydeon el medio-elfo notificó a Argento que sospechaba que eran objeto de vigilancia, por lo que recomendó hacer el trayecto de la travesía lo más confuso posible, para ganar tiempo. Recomendación que fue seguida con fe ciega por Argento, quién seguía sin darse cuenta de su perseguidor.

Al llegar a un lugar más "seguro", Argento se relajó y se dedicó a afilar su hacha mientras descansaba de la tensión. Gwydeon en cambio, estaba tan atento que rayaba en la paranoia, dispuesto a atravezar con su filo, sus flechas o su magia, a cualquiera que osara amenazarlos. En sus pensamientos rememoró su pasado reciente como mercenario, profesión a la que tuvo que dedicarse cuando no pudo seguir en la Alta Hechicería en cuanto acabó la Guerra de Caos. Recientemente había encontrado cobijo y esperanzas en brazos de la Legión de Steel, en donde cultivó sus talentos con la nueva magia.

El par dejó el sendero cómodo, adentrándose en el bosque, el verdadero hogar de Argento, quien nunca se sintió cómodo en las comodidades de la civilización. Empezaron a subir hacia la parte más baja del filo de la corta cordillera que tenían ante ellos.

De la espesura, dos figuras encapuchadas sorprendieron al leñador y al legionario. Gwydeon reconoció a una de ellas como la figura que les había espiado al iniciar su expedición. El otro ser arrojaba ya unas bolas (también llamadas boleadoras), que enseguida enredaron los pies de Argento, a quien las orejas y párpados se le cerraban inexplicablemente, impidéndole ver y escuchar.

El otro encapuchado no atacó a Gwydeon sino que le saludó haciendo un gesto con la mano, que corresponde un saludo secreto enseñado en la Legión de Steel.

No hay comentarios: